La Intervención Europea (continuación) 4

Escrito por diario.

(cuarta de 6 partes)

Profr. Ignacio Mena Duque

El 11 de junio de 1861, el congreso nombra presidente de México, a Benito Juárez para el periodo 1861 –1865. Por la situación económica en que dejó al país esta guerra de 3 años, el presidente se vio obligado a publicar el decreto del 17 de julio de 1861, mediante el cual se suspendía por dos años el pago de la deuda exterior a las naciones acredoras: Inglaterra, Francia y España. Este decreto fue motivo para que estas potencias se confabularan mediante la Convención de Londres (31 de octubre) que firmaron la reina Isabel II de España, la reina victoria por Inglaterra y el emperador Napoleón III, por Francia. Sus respectivos ejércitos se presentaron en México, a pesar de que el decreto de la suspensión de los pagos por adeudo, ya había sido anulado.

Pero Juárez con fecha de 25 de enero de 1862, expidió un decreto que castigaba con la pena de muerte a quienes brindaran o favorecieran la intervención como traidor a la Patria.

Las potencias se presentaron en Veracruz y se iniciaron las negociaciones de paz en el pueblo veracruzano de la soledad, estipulando que las negociaciones finales se llevarían a cabo en Orizaba, para el arreglo de las cuestiones pendientes, quedando en claro que ningún país debía adquirir parte del territorio y a “no ejercer en los negocios interiores de México influencia alguna capaz de menoscabar el derecho que tiene la nación para escoger y constituir libremente la forma de su gobierno”.

Con esas “buenas” intenciones llegaron a México los comisarios de esas 3 potencias aliadas; Dunlop por Inglaterra y como comisario, sir Carlos Wike; los franceses venían a la orden del contra almirante Julién de la Graviere y como plenipotonaseto Dubois de saligny; y por España el general Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos. Cada potencia tenía sus propios intereses, pero Francia “enseñó el cobre”, pues aunque Inglaterra y España declararon rota la alianza tripartita el 9 de abril de 1862 y, cuando el general Manuel Doblado, representante Mexicano en las negociaciones de paz, reclama a Dubois de Saligny el incumplimiento de los acuerdos preliminares en la soledad, el francés responde con un cinismo gansteril: “mi firma vale tanto como el papel que está escrita”, y se inicia el ataque francés en guerra no declarada contra México. Venían a establecer una monarquía en un país que era una república, y donde los mexicanos no querían la monarquía, como lo demuestran en las siguientes declaraciones: el conservador Gómez de la Concha, en diciembre de 1861 había dicho: “casi puedo decir que entre acólitos anda el juego”. El propio Lorencez, escribió al Ministro de la guerra en Francia, cuando Almonte, hijo natural de don José Ma. Morelos y Pavón, se había declarado “jefe supremo de la nación“:

“El partido moderado no existe, el partido reaccionario está reducido a la nada, y es odioso… Nadie aquí quiere la monarquía, ni los reaccionarios”. Y posteriormente del avance francés sobre México, el general Prim, representante de España, en carta escrita a don José Salamanca, Ministro de la Reina Isabel II en parís, le decía:

“Los comisionados franceses se han empeñado en destruir al gobierno de Juárez, que es el gobierno constituído de hecho y de derecho y que tiene autoridad y fuerza para poner en su lugar al gobierno reaccionario del señor general Almonte, que ni tiene prestigio, ni fuerza, ni autoridad, ni representa más que a unos centenares o miles de reaccionarios… pero en cambio el señor Almante ofrece proclamar en su día al archiduque Maximiliano de Austria, rey de México “

 

Hago y transcribo estas citas para que se vea que salvo algunos conservadores nadie en México quería la monarquía, pues los mexicanos ya habían conocido y padecido la parodia del imperio de Iturbide (del 19 de mayo de 1823 al 18 de febrero de 1823, en que abdica ante el Congreso por causa del Plan de Casa Mata. La verdad correcta de que se haya producido en México la intervención francesa y con ella el establecimiento temporal del imperio de Maximiliano (1864 a 1867), es que los conservadores, aunque fueron derrotados en la guerra civil de los tres años, “no daban su brazo a torcer” e insistían en sus ideas reaccionarias y, al menos las ideas conservadores de siempre, ya formaban parte de su ideología o, si se prefiere formaban parte de sus ideas en defensa de sus intereses materiales desde la Colonia hasta nuestro días.

 

Después de la parodia de imperio que estableció Iturbide, el conservador José María Gutiérrez de Estrada, había escrito y enviado al entonces presidente Anastasio Bustamante, proponiendo se estableciera en México una monarquía con el fin de acabar con tantas asonadas, o revoluciones, para lo cual sería necesario elegir o nombrar como monarca, a algún príncipe de alguna casa reinante de Europa. (25 de agosto de 1840).       

Ahora, después de la derrota que les infligieron los liberales en diciembre de 1860, reviven la misma idea, sólo que, incapaces (iba a escribir impotentes) de alcanzar la victoria por si solos recurren al apoyo y buscan el auxilio extranjero particularmente de Francia, país que tenía intenciones de establecer un protectorado latino en América, apoderarse de las riquezas de Sonora y poner una especie de dique al expansionismo americano, demostrado ya con la guerra de Texas y su respectiva anexión que registra de historia, pues en la guerra de intervención y guerra no declarada de la E.U. de América contra México (1847-48), nuestro país, derrotado, perdió (por derecho de conquista), la mitad más grande de su territorio (más de 2 millones de km.2) y más tarde, con Santa Anna en el poder, también perdió por venta el territorio de la Mesilla. Por todo esto – y más – es por lo que los conservadores pretenden resucitar el viejo Plan de Iguala, para lo cual inician gestiones en Europa, a fin de lograr su apoyo y establecer en México un gobierno afín a sus materiales intereses, como ya lo habían logrado durante y en los gobiernos de Miramón, Bustamante, Zuloaga y Santa Anna en todos sus administraciones. Entre los hombres prominentes del partido conservador que aspiraban por un gobierno a su modo, podemos citar a Juan Nepomuceno Almonte, a José María Hidalgo, persona que era grata Napoleón III y a la emperatriz, María Eugenia; a don Jesús María Gutiérrez de Estrada y el eterno conspirador, presbítero don Francisco Miranda, etc.

Rotas las negociaciones de la Soledad y después de la insolente frase de Saligny el general francés, cuando Lorencez (Carlos Latrille, conde de Lorencez), en abril 26 del 1862, días antes de la batalla de puebla (5 de mayo), ebrio de suficiencia, miraba a los mexicanos con desprecio, había escrito al Mariscal Rendón, Ministro de la Guerra de Francia, lo siguiente:

“tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que ruego a V.E. quiera decir al Emperador, que desde ahora, a la cabeza de mis seis mil soldados, soy dueño de México.”